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Salario mínimo, empleo, ganancias, productividad e inflación

¿No será el momento de darle al trabajo la remuneración adecuada?

El salario en Colombia no define ni la tasa de desempleo ni la inflación. Vale decirlo a fin de rebatir algunos mitos de la narrativa dominante en torno a la negociación salarial.

Un trabajo reciente, ‘Reformas de flexibilización laboral en Colombia 2019’ (Martínez, Centeno Castro, Suárez), explica, respecto al desempleo y retomando a los economistas Keynes y Kalecki, que la incertidumbre respecto de la demanda efectiva es lo que lleva a las firmas a “invertir menos de lo que sería necesario para alcanzar el pleno empleo”. Es decir, que pesa en primer término la “inestabilidad macroeconómica” y, así mismo, que “por incrementar o mantener la tasa de ganancia, introduciendo tecnologías ahorradoras de trabajo”, se presionan los salarios hacia abajo con crecimientos inferiores a la productividad laboral. Esta tesis se enfrenta a la teoría clásica –refutada por experiencias en varios países y también por evidencia contraria en Colombia– que sostiene que la “flexibilización” incentiva la demanda de mano de obra.

Veamos. Al revisar el ciclo económico nacional entre 2006 y 2019, se observa que en los tramos de caída y estancamiento general aumenta la tasa de desempleo, tal como sucedió entre 2008 y 2010, o más recientemente, desde finales de 2016 a 2019 (tercer trimestre), cuando se destruyeron cerca de 440.000 puestos. Colombia, con una tasa de crecimiento del PIB entre 2 %-3 %, tiene ahora 2,5 millones de personas desocupadas, mayor al promedio de la región y “fruto de una alta sensibilidad ante los ciclos económicos”. Estos se han caracterizado por “un débil comportamiento absorbido por las importaciones de bienes industriales y agrícolas de consumo privado financiado por crédito” y sin que lo haya atenuado la Ley 789 de 2002 de Uribe, aquella que extendió el día hasta las diez de la noche para recortar el pago extra por trabajo nocturno, entre varios insólitos recortes.

Los tiempos de paros y conversaciones son propicios para llegar a un buen acuerdo, como también para desechar del todo las equivocadas teorías que hasta ahora lo han impedido

Si se agrega que entre 2006 y 2016 el aumento promedio del salario mínimo –descontando la inflación– ha sido de 1,45 % (cálculo con base en Dane y Banrepública-El Tiempo) y que, a su vez, la productividad laboral creció al año el 2 % entre 2000 y 2016 (Anif), aun con los bajos crecimientos en 2017, 2018 y 2019 de 0,36 %, 0,29 % y 0,21 %, respectivamente (Dane), la deuda frente a los salarios acumula al menos 2,5 %. Es decir, que en todo el ciclo no han subido los salarios por encima de la productividad y no se quebrantó esa regla de oro de la acumulación. A contramano, la productividad multifactorial viene en terrenos negativos con un promedio de -0,45 % en el último quinquenio (Dane). Cabe entonces preguntar si son la baja en la inversión o una mala calidad de la misma las limitantes del crecimiento y no el salario, como repiten a diario voceros oficiales y gremiales.

En los últimos quince años, la inflación se ha mantenido dentro de las expectativas previstas, excepto entre mediados de 2008 y mediados de 2009 y entre finales de 2014 y mediados de 2017. ¿Fueron acaso períodos de alza desmesurada de salarios? No, en el primero apenas subieron 1 % en términos reales y en el segundo tampoco el promedio superó dicho porcentaje. No obstante, en tales años sí ocurrieron fuertes devaluaciones. En efecto, se pasó de $ 1.652 por dólar en junio de 2008 a $ 2.150 en junio de 2009, un 30 % más, y también de $ 1.886 por dólar en julio de 2014 a $ 3.121 un año después, un brinco exorbitante del 65 %. El que se importen el 35 % de los alimentos y un tercio de los insumos industriales y con ellos un volumen considerable de bienes finales y de equipo tiene efectos dañinos –por transferencia– sobre la inflación, lo cual es factor detonante de los precios, no los salarios.

El balance final es que hace 17 años, en 2002, los asalariados recibían 47 de cada cien pesos de todo el ingreso nacional y en 2018 apenas 37, diez menos (Banrepública) y que con un salario mínimo actual solo se adquiere 60 % de la canasta básica (Dane). Al quedar descartadas las consecuencias de los salarios sobre el desempleo, la tasa de ganancia del capital y la inflación, ¿no será el momento de darle al trabajo la remuneración adecuada? Los tiempos de paros y conversaciones son propicios para llegar a un buen acuerdo, como también para desechar del todo las equivocadas teorías que hasta ahora lo han impedido.

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