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“America firts”, una década después.

Estudiar coyunturas internacionales de pugna entre grandes potencias exige examinar su vida económica, incluyendo la situación de las respectivas clases dirigentes. Ahora es clave hacerlo para analizar las contradicciones que impelen a Estados Unidos a desatar una ‘guerra comercial’ y demás acciones emprendidas por Donald Trump. Ejercicio similar debería hacerse con China, el poder retador.

Los sectores económicos estadounidenses se han concentrado en mayor grado: nacionalmente, las cuatro principales empresas que controlan entre uno y dos tercios del mercado aumentaron entre 1997 y 2012 su participación en los ingresos del 24 al 33 % (‘The Economist’, 2016); en telecomunicaciones, del 43 al 52 %; en el comercio al detal, del 25 al 33 % y, excepto pocas áreas de servicios, en manufacturas y las demás se reforzó el oligopolio.

En finanzas, cinco grandes bancos controlan 46,53 % de los activos, cuando iniciando el siglo solo tenían 28,6 %. Predomina el ‘holding’ bancario con actividades como fondos, fideicomisos, valores, contratos, gestión empresarial, inmobiliaria, intermediación crediticia, salud, aseguradoras, industrias, servicios públicos y técnicos, construcción, transporte y comercio. Un trabajo de 2012 (FRBNY) mostró que los quince principales grupos financieros atesoraban 20,3 billones de dólares en activos, cinco veces lo de 1991, con 19.600 firmas subsidiarias, de las cuales 5.843 estaban en el exterior, con 4,9 billones de dólares en activos.

Oligopolios, predominio financiero, cuantiosa exportación de capital, deterioro social y gasto creciente en seguridad y defensa no han detenido la ruta crítica de Estados Unidos.

Tal concentración no ha acarreado beneficios generales en precios al consumidor, en productividad ni en inversión. Antes bien, luego de crecimientos constantes desde 1963, el retorno del capital empresarial invertido se derrumbó en 2008, y, aunque se sintió alguna recuperación hacia 2011, continúa cayendo, en especial para las corporaciones de los percentiles más altos (McKinsey, 2015).

Las corporaciones mineras, industriales, agrícolas, tecnológicas, químicas y de maquinaria, entre otras, han invertido en el exterior en la última década 3,4 billones de dólares dirigidos a 70 países (BEA, 2018), pero a su vez las inversiones de extranjeros hacia Estados Unidos ya alcanzan los 7,8 billones de dólares (Unctad).

El capital norteamericano también fue a zonas de mano de obra barata como China, México, Malasia y a la vecina Canadá para fabricar y ensamblar computadores y productos electrónicos, vehículos y equipo de transporte, maquinaria, insumos y mercancías, para luego reexportarlas al mercado estadounidense. Dicho comercio –entre partes relacionadas– fue en 2016 el 49 % del total de las importaciones (US Census), y, en sentido contrario, de casas matrices a subsidiarias, el 32 % del total de las exportaciones.

Este diseño económico trajo secuelas sociales: no ha generado mayor participación del trabajo en el ingreso; provocó más desigualdad, al incrementarse el coeficiente de Gini de 0,38 a 0,41 entre 1991 y 2016; tumbó el empleo industrial en tres millones de puestos; puso en entredicho “el sueño americano” (Chomsky, 2017); causó una “redistribución a gran escala de ingresos y riqueza hacia la cima de la pirámide”, debilitando la demanda agregada (Stiglitz) y, para rematar, en la crisis le ocasionó un costo de 70.000 dólares –en ingresos por vida– al estadounidense promedio (SFFED, 2018).

Fuera de que 17 % de los trabajadores son de tiempo parcial, la evolución de salarios corrobora el deterioro laboral: en la manufactura, entre 1997 y 2011 solo aumentaron 3,1 %; para el conjunto de la economía, la media subió 4 % entre 2007 y 2017, de 332 dólares a 345 (BLS-Fred en dólares 2017), y, al mirar los estatus educativos, los más altos pasaron por hora de 34,20 a 36,06 y los menos calificados, de 12,46 a 12,50, apenas 0,3 %. Estos últimos, junto con los de calificación intermedia, suman la mitad de la fuerza laboral (BLS).

Si bien Trump estima el déficit comercial acumulado con China en tres billones de dólares, lo que incide en endeudamiento y déficits fiscales recurrentes, el portal The Balance y Martin Feldstein (NBER) los atribuyen al gasto social y al militar de 800 mil millones de dólares anuales. Pese a ello, se aprobaron sin recato recortes al impuesto corporativo con beneplácito de las élites, sin distingo (Callahan). 

Oligopolios, predominio financiero, cuantiosa exportación de capital, deterioro social y gasto creciente en seguridad y defensa no han detenido la ruta crítica de Estados Unidos, descendente por varias décadas y ahondada por una globalización fallida que Trump busca reconfigurar, para lo cual recurriría al todo vale, aun contra voces internas que pudieran oponerse. El futuro es incierto, pues la intentona del inquilino de la Casa Blanca discurre en medio de probables estallidos especulativos y con poco espacio de respuesta monetaria, apersonado del lema ‘America first’.

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